viernes, 5 de agosto de 2016

Hay ángeles

Hay ángeles por todas partes,
Solo que nos cuesta reconocerlos.
Buscamos alas, aureolas doradas,
Halos de luces y plumas caídas.
Ángeles disfrazados de ángeles.
No es ese el método de búsqueda.
Hay ángeles en el subte, en nuestros sueños,
En la esquina de casa, en nuestras casas.
Hay ángeles que solo son ángeles por un día,
Por una hora o por el tiempo que dura una sola palabra.
Sucede que andamos siempre tan apurados,
Tan aturdidos por nuestro propio ruido,
Tan tristes por nuestras propias penas,
Tan sordos, tan ciegos, tan fríos…
Y ellos siempre están allí, esperando ser descubiertos.
Ellos esperan que despertemos
Y nos miran con paciencia, mientras vivimos dormidos.
Ellos saben que, repentinamente, aunque más no sea,
por un segundo, por un día o por el resto de la eternidad,
los veremos, los sentiremos, escucharemos su mensaje.
Pero, es más complicado todavía:
Infinidad de veces, ellos tampoco saben que son ángeles.
Muchos ignoran que tienen una misión sobre esta tierra.
No tienen idea de que deben ayudar a ver y a oir,
Ni a quién ni dónde ni cuándo.
Pero el milagro ocurre siempre
y la mano se abre hacia el otro en el momento justo.
De hecho, hay ángeles cuya única misión
Es la de despertar a otro ángel dormido
Para que despierte a otro y así, hasta dar con el buscado.
De modo que, deberíamos andar más atentos por esta vida,
No vaya a ser que pertenezcamos a este último grupo
Y de tanto vagar metidos para adentro
Nos olvidemos de encontrar nuestras propias manos
Para dárselas a quien las necesita.







sábado, 30 de abril de 2016

Feliz día del animal para todos

Ayer fue el día del animal. 
Millones de animalitos que alegran la vida de la gente recibieron sus salutaciones por Facebook. 
Yo me incluyo entre esas personas: subí las fotos de mis dos negritas porque sentí que, de veras, merecían ese mimo póstumo por todo el amor puro y la diversión que le dieron a mi vida. 
Claro, en un punto, pudo ser un gesto ridículo, un homenaje del que, tanto los animalitos vivos como los que ya pasaron a mejor vida, jamás se enterarán... 
Hubo chistes, memes y todo tipo de burla al respecto, por cierto, algunos muy graciosos. 
El predominio del ingenio por sobre el sentimiento, uno de los tantos mecanismos-muros que aprendimos a construir los seres humanos para defender nuestros fuertes, fuertes que, paradójicamente, como todo en la vida, resultan ser muy débiles. 
La protección de la extrema fragilidad humana detrás de una armadura. 
Esta imagen preciosa y conmovedora la vi plasmada, de una manera genial, en la película infantil "Home" (las películas infantiles son mi debilidad), en la que la figura del temible enemigo era monstruosa e intimidatoria y la del líder, vendía falsa inteligencia y fortaleza, pero nadie se atrevía a contradecir y la masa sojuzgada le permitía perpetuarse en el poder. Pero, en verdad, la historia solo se trataba de seres inseguros, indefensos, algunos dulces y asustados detrás de su disfraz temible y otros, pobres de espíritu, opacos y también asustados, escudado por una fingida grandeza y esplendor... con excepción de su protagonista, el clásico antihéroe, puro e inadaptado, el que no encaja en ningún lado, el único no contaminado y sin disfraces. Y todo el argumento puesto en función de la soledad y de cómo se nos dificulta aceptarnos e interconectarnos. 
Solos vinimos y solos nos vamos. ¿Por qué, entonces, venimos a esta vida a establecer vínculos? 
Es normal, sobre ese dato de base, que las relaciones humanas se tornen siempre complicadas y que con los animalitos podamos desarrollar relaciones duraderas, estables y bellas.
La desconfianza es la única certeza. 
Tenemos miedo del otro que, en definitiva, por más que nazca de nuestras entrañas, siempre será un desconocido. 
El refrán "Piensa mal y acertarás" rige el modo defensivo entre las personas. Somos preventivamente prejuiciosos. Y la preeminencia del preconcepto es ancestral.
Creo, de verdad, que la primera herramienta de la que se valió el hombre fue la coraza emocional. 
Mostrarse fuerte para ser respetado y esconder debilidades sentimentales fue una pieza clave para la subsistencia.  
Que el otro no sepa quienes somos en realidad. 
Ganar la genuflexión del otro por la imposición del temor. 
Doblegar, no enamorar.
La distancia que nuestra individualidad necesita para que el invasor no nos ocupe. Protegerse de las lastimaduras y de los golpes que los demás pudieran infringir en el alma. 
Siempre se trató de la guerra de las mentes, ocultar las flaquezas, tapar los sentimientos. Esos que nos humanizan. ¿Esos que nos humanizan?
Me dejó pensando todo este fenómeno. Porque si para ser humano hay que cargar con esa mochila tan pesada, dolorosa, fría y calculadora, lo cierto es que me hubiera encantado pertenecer a ese reino "no pensante" y "si sintiente". 
El pensamiento lleva a la especulación y al sufrimiento, sin escalas.
Es más, sospecho que el pensamiento fue una de las trampas más seductoras con las que se engatuzó a la especie para elevarla a la categoría de Homo sapiens.  
En las letras chicas, tal vez dijera que esa nueva condición solo serviría para engordarlos de miedo, soberbia y melancolía y que ya, únicamente de modo intelectualizado, serían capaces de demostrar sentimientos más o menos similares a la genuina ternura, franca amistad, amor desinteresado, fidelidad incondicional, compañía garantizada, afecto ilimitado, espontaneidad permanente. Ese listado que, de manera tan natural, son capaces de expresar los animales cuando estrechan sus vidas a las del hombre.
Por supuesto que así se estructura la sociedad humana, pero cada uno de esos animalitos, sueltos, rodando en su propio habitat, junto con su manada, muy posiblemente, manejen códigos parecidos a los nuestros en pos de la supervivencia... 
Entonces, la gran diferencia quizás, se establezca cuando ya no existe la necesidad de cuidarse solo o en conjunto, competir o luchar por un espacio porque alguien te solucionó ese pequeño tema... ¡Y cómo no mostrarse la mar de encantador y agradecido!
¿Estaremos, en verdad, sobrevaluando la nobleza de los animales solo porque no comprendemos su idioma? ¿Serán ellos también seres interesados y calculadores, aprovechadores de circunstancias de debilidad humana?
El pensamiento le quita el encanto a todo. Es de lo único que hoy me siento segura.
En fin, de todos modos, amé a mis dos perritas, Camila y Morita, y les agradezco sus presencias en mi vida.
Y feliz día del animal para todos, los cerebrales y los sentimentales, los peludos y los lampiños, los que merecerían ser humanos y los que merecerían ser animales (y esto, dicho con el mayor de los sarcasmos).



sábado, 9 de abril de 2016

En busca de la sonrisa interior


A veces, en la vida, te encontrás detenido. 
Intoxicado por tu propio smog. 

Aterrado por tus miedos más profundos en formato fantasmal. 
Intentando avanzar sobre un tembladeral de pensamientos negativos.
Sumido en un sopor que todo lo confunde.
Sin rumbo, sin horizonte.
En blanco y negro.

Perdido.
Solo en medio de la multitud.

Sin memoria y sin futuro.
Encadenado a la melancolía.
Deseando escapar sin saber adonde.
Te desconocés. 
La incomodidad se hace costumbre.
Pero hay algo en estado latente, allí en el fondo, detrás de toda esta tormenta.
Aunque uno crea que ya no hay un deseo que nos pueda poner de pie.
Agazapado en la niebla espesa, espera el momento justo.
Piedra libre. Es solo descubrir su contorno. 
Saber que está, que es posible alcanzarlo.
Recobrar el movimiento.
Sacudir el ensueño y bostezar y desperezarse.
Despertar una vez más.
Ver la luz con nuevos ojos.
Otorgarles el beneficio de la duda a la esperanza y a la fe.
Creer sin esforzarse.
Reencontrarse, finalmente, con la sonrisa interior.

lunes, 4 de abril de 2016

Quiero saltar sobre el sofá

Permiso, quiero saltar sobre el sofá. 
Quiero saltar sobre el sofá sin miedo a que me reten.
Quiero saltar sobre el sofá sin pedir permiso.
Quiero saltar sobre el sofá sin que nadie me pare.
Quiero saltar sobre el sofá con los zapatos puestos.
Quiero que las suelas estén muy sucias.
Quiero que el sofá sea muy blanco. 
Quiero que mis huellas se estampen como sellos.
Quiero dejar marcas indelebles.
Quiero que alguien se enoje mucho porque ensucio. 
Quiero no respetar normas una vez en la vida.
Quiero que no me importe que se enojen conmigo.
Quiero molestar.
Quiero que me piensen maleducada.
Quiero que me miren.
Quiero gritar mientras salto.
Quiero que me escuchen.
Quiero que me critiquen en la cara.
Quiero saltar hasta que el sofá se rompa.
Quiero que el horizonte suba y baje.
Quiero que a mí se me ocurra divertido.
Quiero que se revuelque el cerebro dentro del cráneo.
Quiero que me de vueltas el Universo.
Quiero dar vueltas en el aire.
Quiero que el aire de vueltas dentro de mi.
Quiero darme vuelta.
Quiero dar la espalda.
Quiero olvidar todo lo aprendido.
Quiero volver a empezar.
Quiero pisotear las restricciones.
Quiero zapatear sobre los miedos.
Quiero patear los almohadones.
Quiero que nada quede en su lugar de origen.
Quiero que el orden cambie.
Quiero que el caos hierva debajo de mis pies.
Quiero que el movimiento me sacuda. 
Quiero que haya algo más allá del vacío.
Quiero saltar al vacío para llenar ese espacio.
Y regresar.
Cuando me canse de saltar.
Cuando decida que haya paz.
Cuando se calme mi interior.
Cuando comprenda quién soy yo.
Cuando no tema estar más sola.
Cuando entienda qué deseo.
Cuando sepa qué preciso.
Cuando sienta que me aman.
Tal vez, recién allí, quiera dejar de saltar sobre el sofá.





viernes, 26 de febrero de 2016

Para ser un caballo blanco

Yo soy un caballo blanco que siempre hubiera querido ser un unicornio. 
 Un día, creyendo haber descubierto la gran solución, pegué un cucurucho en mi frente, me miré en el espejo y me dije: "¡Bien, ya lo parezco!" 
Y salí a la calle, orgulloso de mi nueva apariencia, esperando poder engañar a los demás. 
Sin embargo, para mi sorpresa, no recibí de los otros la esperada admiración sino la burla despiadada. Me llamaron "tonto" y yo no entendí. Pensé que el mundo entero estaba equivocado. Y me puse furioso. 
 Hasta que se acercó un alma caritativa, de la cual no recuerdo su cara o, tal vez, no la tuviera… creí que debía tenerla más que nadie por su calificativo, pero era solo un alma transparente y buena que se apiadó de mi gran desatino. 
Tomó cinco minutos de su valioso tiempo de caridad para explicarme que como en los cucuruchos se sirve el helado y el helado se toma por la boca, se le dice "tonto" al que, en lugar de llevar el cucurucho a su boca, se lo coloca en la frente como clara señal de que no comprende el modo de utilizarlo.
Sugirió, con gentileza, que me lo despegara cuanto antes y me aconsejó que no pretendiera ser lo que no era: ni bobo ni unicornio. 
Supe que lo segundo no lo sería jamás, pero lo primero, ya lo tenía asegurado.
Regresé con la cabeza gacha, sentí el profundo dolor de la vergüenza y de la insatisfacción corroyendo mi espíritu débil.
Diluido el sueño de montar colinas a través de arcoiris, llevar princesas de cabellos dorados en mi grupa y ser protagonista de cuentos infantiles, mi vida ya no tenía demasiado sentido.
Sin duda, mi destino ineludible era conformarme con dar infinitas vueltas en la noria para que otros bebieran agua fresca.
Sentía la boca reseca y amarga y, antes de regresar a la granja, me detuve a abrevar y remojar mis caídos belfos en un arroyo, disfrutando de mis últimos minutos de libertad.
En mi reflejo, vi un viejo caballo cansado. Tan triste, tan descontento con su vida, que hasta me pareció notar mi níveo pelaje de un color gris ceniciento.
Ni más ni menos que el reflejo de mi gris existencia.
De pronto, la sensación de una caricia me despertó de mi autocompasión. Cinco chicos me tocaban y reían.
Imbuido en mis pensamientos negativos, de manera prejuiciosa, interpreté sus risas como más burlas y, puesto a la defensiva, relinché amenazante.
Todos se alejaron asustados, excepto una nena que permaneció firme, manteniendo sus ojos clavados en los míos. 
Su mirada tenía la fuerza de un tornado. Nunca vi, con tanta claridad, la ausencia de miedo en un alma.
Por respeto a su valentía, agaché la cabeza y dejé que ella peinara con amor mis crines.
Después, apoyó su frente sobre mi cuello y susurró palabras de felicidad absoluta: "Peinar un caballo blanco era el único sueño de mi vida."
Me quedé con ella.
Era lo único que yo necesitaba: que alguien me viera y que alguien me enseñara a ver.

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Tienes algo nuevo para contar?

Escribo porque encuentro aquí, en este espacio en blanco con posibilidad de publicar, una pregunta perfecta: "¿Tienes algo nuevo para contar?".
Es desafiante. Algo nuevo para contar.
¿Acaso alguien tiene "algo nuevo para contar"?
Ya todo está dicho. La novedad se la puede dar el carácter individual y personal, el propio sentido, el significado que puede darle el que lo lee, el efecto que produce en el otro. La realidad es que estoy enojada.
Estoy enojada porque tenía escrito un texto casi completo que fue tragado por un cartelito que me ofrecía conservarlo o descartarlo, pero solo respondía a la posibilidad de descartarlo y no lo pude salvar.
Y estoy enojada porque en septiembre murió mi hermana y tampoco la pude salvar.
Y estoy enojada porque del dolor y la desolación que deja la muerte nadie se puede salvar.
Escribía yo, hace un rato nomás (antes de que el ciberespacio devorara mi secuencia de palabras ya dichas tantas veces por miles de personas a lo largo de miles de años), que la muerte nos quita los interlocutores. Uno tras otro.
Los que elegimos solos, los que nos fueron dados desde el día de nuestro nacimiento.
Hoy leí una nota acerca de la conversación y me dejó reflexionando. Y me dejó triste, también.
Creo que entendí desde el principio del final que lo que más extrañaría de Ana sería su voz. Su voz dentro de una charla entre hermanas.
Desde un llamado para preguntar cómo se llamaba tal actor de tal peli hasta una conversación profunda, de esas en las que revelábamos secretos bien guardados.
Los chistes que se compartían desde tiempos inmemoriales que, con una sola palabra clave (ni falta hacía contarlos completos) lanzábamos una carcajada al aire.
Y nadie más los entiende ahora que ya no está.
Así, uno se da cuenta de cómo tantas cosas solo tenían sentido junto a esa persona.
Muere la persona y tantas otras cosas se van con ella.
Y todos los seres humanos sentimos igual o muy parecido. Hasta las discusiones o los pareceres distintos se extrañan. Se extraña todo.
Y solo los recuerdos son el contacto que seguimos manteniendo con los viajeros.
Transito hoy por ese período del duelo en el que la realidad se impone como una irrealidad.
El clásico "esto no pudo suceder", pero sí... sucedió irremediablemente.
Ese período en el cual uno sigue esperando encontrarse en su casa o en una reunión familiar o comunicarse por watsap o volver de vacaciones para llevarle el souvenir comprado pensando en ella y recibir su abrazo fuerte de bienvenida.
El lenguaje del amor es siempre, inevitablemente, cursi. Y el del dolor, también.
A todos nos da vergüenza expresar cualquiera de los dos sentimientos.
Por eso, llorar de a ratitos y a escondidas, ya se me va haciendo costumbre.
Nada nuevo estoy diciendo con todo esto.
Absolutamente nada.
Pasa que, los últimos tiempos, nuestras conversaciones fueron mentirosas.
Evitamos decirnos que ya sabíamos lo que sucedería. Evitamos llorar juntas y abrazadas, solo por no entristecer una a la otra.
Y hoy, creo que fue un gran error.
Pero, a veces, parecería que mientras no se nombra a la innombrable, se la ahuyenta.
Entonces nos reíamos, hablábamos de bueyes perdidos, de otros y nos decíamos "hasta mañana, cuidate". 
Y "te quiero mucho", personalmente, por teléfono y por escrito en los mails y por mensajito.
Eso fue lo mejor de los últimos tiempos: creo que nos quedó bien claro el amor mutuo que nos teníamos.
Tal vez, la posibilidad de conversar ya se haya terminado, pero el amor no tiene fin.
Y tampoco es nada nuevo para contar.

jueves, 7 de agosto de 2014

Siempre es hoy

Hoy me preguntaba cuál sería el origen de las insatisfacciones, las tristezas, las inseguridades, los complejos, las manías, los miedos, las fobias... es decir, me levanté pensando que quería en mis manos la cabeza del culpable de todas las taras de la humanidad, en general. 
Al menos, me levanté con un deseo, que no es poco para lo "indeseadora" (¿o indeseable?) que ando, últimamente. 
Y los cuestionamientos en pos de hallar respuesta a tamaña inquietud (que picoteaba la sesera de manera obsesiva), se abrían en un abanico de incógnitas. 
En qué momento y por qué, un día, esas plagas aparecían para apestar la personalidad primigenia. 
De qué modo comenzaban a tomar forma de algo inespecífico, tal vez, de aspecto inofensivo, para ir modelando hasta la perfección un cúmulo de basura reciclada, jamás biodegradable. Un espantoso acopio que, a través de los años, va cambiando su aspecto, como testigo de identidad reservada, para engañar y nunca ser reconocido. 
Fundamental resultaba dilucidar si el destructor de personalidades sanas y salvas solía ser un quién o un qué.  O si los motivadores del embrión de traumita eran ambos, asociados perversamente adrede o por esas casualidades en las que coinciden los peores factores y generan coordenadas de terror. 
También pensé para qué me metía en ese jardín japonés, cuando hay gente que se ocupa de estos temas con idoneidad. Tan fácil debe ser para un profesional de la salud mental. Qué claro tendrá todo y qué simple resolverá cuestiones que para mí representan un enigma y para ellos serán pura rutina. Dudé en continuar adelante con ese enjambre de aguijones que me ponía cada vez más nerviosa, para seguirlo el martes, en terapia. 
Pero el pensamiento obsesivo no se detiene así como así. Se abre paso con una voluntad férrea, que me fascinaría encauzar para el lado del ejercicio físico, por ejemplo. Pero cual saeta, tampoco permite que nada cambie su rumbo, una vez arrancado el recorrido analítico, desmotivador y lacerante. 
Entonces, cada vez más insatisfecha, seguí ensuciando mis manos, empeñada en revolver entre los remanentes de stock del pasado. A sabiendas de que cuando uno se empeña en desempolvar objetos del desván, solo encuentra picaduras de polilla, mugre, olor a naftalina y piezas rotas, imposibles de restaurar. 
De pronto, me sorprendió un pensamiento. "Es la mirada", me dije con asombro, "la culpa la tiene la mirada."
Me pareció acertado creer que, desde que uno nace, necesita ser visto. Somos porque nos ven. Cada acto, cada mohín, cada performance, se despliega para que alguien más lo note. En soledad, se busca ese otro en el espejo y es la propia mirada, observadora del desdoblamiento, la que nos torna ajenos. 
Entonces, la pregunta acotó su radio de investigación porque, quizás, la clave se encontraría al descubrir cuál es la mirada que uno pretende capturar o cual hubiera sido la elegida en el pasado. 
La mirada de quien. 
Y, por lo general, la mirada que buscamos captar nunca es la que se ocupa de uno, sino que es aquella para la que resultamos indiferentes, translúcidos y hasta molestos. Ese el principio de la histeria porque, en el supuesto caso de conseguir la atención y lograr ser abarcado por ese campo visual anhelado, ya no tendría caso. 
Lo que se alcanza, inevitablemente, pierde brillo. 
Hoy escuchaba, desde el interior de un probador, la conversación de dos vendedoras que, mientras doblaban prendas y acomodaban percheros, una le contaba a la otra de su patológica relación amorosa, sin importarle que las clientas nos enteráramos de los detalles de su neurosis. El tema era que no soportaba que su ex pareja le demostrara indiferencia, entonces, hacía lo imposible para que él le volviera a prestar atención, pero ni bien el chico se interesaba en ella, en seguida la situación la cansaba y ya no quería que le estuviera más encima, pero cuando se alejaba porque lo había espantado, de nuevo enloquecía con su ausencia y lo buscaba... y así, indefinidamente. A lo que agregó, con ceguera absoluta: "No sé por qué lo hago, pero no puedo evitarlo." Y su compañera de trabajo, en un tono de hartazgo total (claramente, esa historia se la venía fumando desde hacía meses) concluyó categórica: "Eso se llama histeria." 
Seguramente, en la infancia de todos hubo muchos pares de ojos que cuidaban de nosotros, de que nada malo nos ocurriera, de que nada nos faltara. Pero solo "aquella mirada", la indiferente, la que atendía a otro, esa era la que nos hacía sentir el dolor de ser ignorados. 
Y el problema reside allí: es humano poner el acento en lo que falta, en lugar de resaltar lo que se tiene. 
Quién hubieramos querido que nos mirara, que nos prestara atención, que nos mimara, que riera con nuestras monigotadas, que se enorgulleciera de nosotros. 
Era un qué, pero también, un quién. La mirada de alguien en particular. 
Tal vez, ahí se genere el germen de la frustración. Y lo repliquemos una y mil veces, como un eco de tiempos remotos. 
El mismo error, por tiempo indeterminado. 
Desear los ojos del que no nos ve, en lugar de gozar de la mirada que nos cuida.  
Pero como nada de eso tiene vuelta atrás, aquel que nos vió y aquel que no, ya son ayer. 
Hoy la mirada que importa es la propia y uno mismo es el responsable de cambiar el rumbo. Aprender a mirarse con más bondad y menos exigencia, comprendernos sin ser despiadados, aceptarnos sin tanta presión. Entender de una vez y para siempre que no son los demás quienes deben cambiar, que no es el pasado el que condena ni es el futuro un milagrero: de uno mismo depende la mutación hacia lo positivo y en este mismo instante del ahora, puro y eterno. 
Después, todo se amolda. Todo se reacomoda. Pero recién sucede cuando ya no nos sentimos cómodos con nuestro pensamiento inquisidor. Cuando le sacamos la capucha al verdugo, revelamos su identidad al sol y descubrimos que es nuestra propia cara. Son nuestros ojos, nuestros pensamientos crueles los que nos han lacerado. 
Matemos al crítico implacable que vive dentro de cada uno de nosostros o, mejor aún, transformémoslo en un criterioso líder espiritual, en luz interior, en armonía. 
La mirada de uno, sin duda, es la única culpable. 
Ya no responsabilicemos a nadie más. 
El verdadero cambio comienza cuando empezamos a perdonarnos. 
Cuando logramos observarnos en perspectiva y aceptamos tal como nos vemos. 
Cuando caemos en la cuenta de que las mejores cosas de la vida no fueron ayer ni serán mañana, que solo hoy se pueden disfrutar porque la vida no es más que una sumatoria de presentes. 
Recién ahí, cuando nos relajamos, abrimos los oídos para escuchar con atención y bailamos confiados el ritmo que nos marca, porque tiene preparada una melodía diferente para dar cada paso.